
Desarrollado sobre cuatro lotes linderos de 10 × 20 metros en San Rafael, Mendoza, el proyecto explora cómo un mismo orden puede dar lugar a distintas formas de habitar. Las cuatro viviendas conforman una estructura continua en la que repetición y variación conviven dentro de una lógica común.




Cada parcela se organiza a partir de tres patios: uno frontal, que prolonga la vida doméstica hacia la calle y reúne estacionamiento, servicios y espacios de encuentro; uno intermedio, que articula los principales ambientes; y una terraza habitable que transforma la cubierta en una quinta fachada abierta hacia la Cordillera de los Andes.




Columnas y vigas de hormigón, losas prefabricadas y muros de ladrillo conforman un vocabulario constructivo reducido. La repetición de estos elementos establece una gramática compartida capaz de admitir distintas configuraciones sin perder coherencia.


En una región marcada por la industria ladrillera, el ladrillo aparece como una materia ordinaria que vincula construcción, paisaje y cultura material. La arquitectura surge así de una economía de medios donde el orden no limita la diversidad, sino que la hace posible.







