
En el corazón de un jardín privado en Génova, un leve desnivel se convierte en una oportunidad para redefinir la relación entre arquitectura y paisaje.

La escalera de hierro pintado al polvo, de tonalidad tenue y forma escultórica, funciona no solo como elemento de conexión entre los dos niveles del jardín, sino también como un gesto arquitectónico capaz de transformar la percepción del lugar.


El invernadero, diseñado en continuidad y en hibridación con la escalera, se integra armoniosamente en el muro preexistente, estableciendo un diálogo entre lo antiguo y lo contemporáneo.

Sus superficies vidriadas mantienen una relación visual constante con la vegetación circundante, mientras que la estructura metálica, ligera y discreta, enfatiza la transparencia y luminosidad de los espacios.


En su conjunto, el proyecto restablece un equilibrio entre naturaleza y arquitectura: la escalera se convierte en un recorrido experiencial que guía la mirada y el cuerpo hacia lo alto, mientras que el invernadero funciona como un espacio de pausa y contemplación, un microcosmos verde que prolonga la vida del jardín hacia el interior.



