
Todo lugar es un lugar intermedio. Pensar un lugar intermedio parece, en sí mismo, una contradicción. Si un lugar se define por aquello que lo distingue de otro, lo intermedio abre una zona suspendida que desdibuja los límites entre entidades diferenciadas. Sin embargo, en esa fricción entre diferencias puede surgir una forma singular de la belleza.


La intersección entre el oficio y el proceso industrial organiza el concepto del proyecto. La estructura de hormigón prefabricado combina elementos estandarizados –como columnas y vigas– con componentes elaborados mediante técnicas artesanales, como los muros portantes moldeados a mano sobre lechos de arena. Aun dentro de un marco industrial, las piezas conservan las irregularidades propias del hormigón. En los muros, sobre todo, esa condición hace visible la huella humana del trabajo, con texturas que evocan paisajes ajenos al imaginario industrial.


El edificio se ordena a partir de la repetición modular de una trama de 11,25 metros, en la que columnas, vigas, losas y núcleos de circulación se apoyan en muros portantes que aseguran la estabilidad del conjunto. Este sistema permite configurar un edificio de cinco niveles, sin una forma cerrada, capaz de adaptarse a requerimientos programáticos diversos, a la escala del terreno, a las dinámicas constructivas y al contexto circundante. De esa disposición nacen una serie de terrazas en distintos niveles: espacios que median entre el paisaje interior del edificio y el paisaje exterior de la ciudad, hasta culminar en la cubierta. Algunas excepciones tensan esa lógica repetitiva: niveles intermedios destinados a estacionamiento y áreas técnicas, la incorporación de un auditorio, la apertura de vacíos interiores y las galerías que vinculan los tres núcleos diferenciados.

Una envolvente de metal perforado recorre la estructura como un velo y genera zonas de transición entre el interior y el exterior. Al mismo tiempo, superficies vidriadas definen los volúmenes en planta baja y alteran la percepción de adentro y afuera. Dispuestas entre jardines, esas capas transparentes cierran físicamente el espacio pero también absorben y distorsionan el entorno, de modo que los límites entre el edificio y la ciudad se vuelven menos estables.

El proyecto se articula con su entorno a través de recorridos abiertos en planta baja, que favorecen una relación continua entre la calle y el edificio. La gradación de niveles ordena el acceso a los espacios interiores, mientras que la elevación de la planta baja protege la estructura de eventuales inundaciones. La fluidez espacial se refuerza con vegetación y una topografía artificial que se extiende sobre el sitio y culmina en tres grandes jardines.

Compuestos por especies nativas, los jardines entablan un diálogo con lo que alguna vez existió allí. Como representaciones construidas del bosque original dentro de la ciudad, ponen en cuestión nuestra comprensión sobre nuestra idea de naturaleza. Del mismo modo, los elementos de hormigón, marcados por huellas artesanales y repetidos a escala industrial, también ponen en tensión nuestras nociones de cultura. En ese espesor –propio de lo intermedio– el proyecto busca afirmar un lugar capaz de desacomodar ciertas concepciones obsoletas con las que todavía se piensa la relación entre la arquitectura y el mundo contemporáneo.









