
Más allá del río, el terreno se extiende hacia los campos y valles del este, con Senhora da Graça recortada en el horizonte. Los robles y alcornoques fueron ocupando la parcela y llevaron la casa hacia la parte baja de la pendiente, donde la topografía la envuelve y protege.




A medida que el recorrido se aproxima al curso de agua, el camino entre las parcelas pierde definición. Entre los árboles, la llegada se reconoce por los gruesos muros de tierra apisonada, que se integran en el terreno y se funden con la vegetación.

Una extensa pieza de granito atraviesa la pendiente y conduce hacia el acceso, protegido al oeste. La casa se adapta a la topografía y sigue la pendiente natural del terreno, construyendo desde el exterior una secuencia de niveles con distintos grados de privacidad.




Hacia el sur, la cocina y la gran mesa de comedor se abren sobre una meseta despejada y acompañan el recorrido del sol a lo largo del día. En el centro, el fuego organiza el estar y construye una atmósfera íntima, mientras el paisaje se incorpora al interior como un cuadro. Un lugar de pausa y contemplación.


Hacia el extremo de la casa, un ligero desnivel conduce al área de dormitorios, cuyo giro busca las vistas del entorno y la luz del amanecer. La madera y las piezas cerámicas definen la atmósfera interior y, junto con la escala de los espacios, refuerzan su carácter de refugio en medio de la naturaleza. Sombras, visuales y setos terminan de establecer un vínculo estrecho entre la casa y el lugar.





